María Brañas, una mujer de 117 años, se prestó para que la estudiara la ciencia. Y así se hizo. Estudiaron su genoma, sus proteínas, su metabolismo, su sistema inmune y su microbiota y encontraron que su microbiota estaba rejuvenecida (no era la que cabía esperar en una persona de más de 90 años). Era muy rica en bacterias tipo bífidus y antiinflamatoria, que es más típica de una persona joven. Ella dijo que tomaba tres yogures al día.
Entonces, por comer 3 yogures al día ¿podemos vivir más y mejor? “Pues probablemente no, porque María además llevaba una dieta mediterránea, hacía ejercicio, no fumaba, no bebía, y tenía una genética favorable, que también hay que tener en cuenta. Todo influye. La genética son las cartas que nos han tocado y a qué juguemos o cómo las juguemos es nuestro estilo de vida”, explica Ignacio López-Goñi, Catedrático de Microbiología y director del Museo de Ciencias de la Universidad de Navarra sabe bien de lo que hablamos.
Los seres humanos somos un ecosistema en el que conviven millones de células con microorganismos. Somos mitad humanos, mitad bacteria, porque por cada célula que tenemos, tenemos una bacteria que cumple una función específica.
Las interacciones entre nuestras células y nuestras bacterias deben estar en equilibrio para que gocemos de buena salud. Si ese equilibrio se rompe, nuestra microbiota disminuye y corremos el riesgo de que proliferen en nuestro interior algunas bacterias no beneficiosas. Y eso está estrechamente relacionado con muchas enfermedades.
La microbiota, por lo tanto, tiene dos objetivos: protegernos de las infecciones (si tenemos mucha microbiota llegan los patógenos y no encuentran hueco para colonizar) y participar activamente en nuestro metabolismo
“Efectivamente. Cuando el equilibrio se rompe se produce una disbiosis que provoca, por ejemplo, que la impermeabilidad del intestino se altere, y en consecuencia, inflamación que puede llegar incluso al cerebro. En determinadas personas esa neuroinflamación puede acabar en problemas neuronales, cognitivos, etc. y se puede relacionar con enfermedades mentales como la depresión, parkison, Alzheimer, etc. “
En definitiva, lo que comemos está estrechamente ligado a nuestra salud. Las bacterias intestinales producen gran cantidad de compuestos (serotonina, dopamina) que pueden tener alteraciones neuronales.
“A partir de los neurotransmisores, de otros compuestos que generan las bacterias y que alteran la permeabilidad intestinal, de la neuroinflamación y del nervio vago que conecta el cebero con el intestino hay esa comunicación que se llama “eje intestino cerebro” que explica que una disbiosis tenga consecuencias en la salud mental.
¿Y cómo podemos cuidarnos para gozar de buena salud? “Hay que tener en cuenta que a la microbiota le gustan tres cosas: la fibra, porque nosotros no la podemos digerir pero sirve de alimento a nuestras bacterias intestinales; los polifenoles, que son los compuestos que dan color a lo que comemos (por ejemplo, el verde de la verdura) y que favorecen el crecimiento de las bacterias intestinales; y los alimentos fermentados probióticos.
Por el contrario, no le gustan los alimentos ultraprocesados, porque generalmente son muy ricos en azúcar y sal; no le gustan los tóxicos (alcohol, tabaco); y prefiere proteínas vegetales que proteínas de origen animal”.
Con todo esto es fácil suponer que la mejor diera es la mediterránea que favorece una microbiota sana por ser rica en verdura, frutas, cereales integrales, aceite de oliva, frutos secos, algo de carne y pescado blanco.
“De hecho hay trabajos que relacionan la dieta mediterránea con la salud mental porque mejora la capacidad cognitiva y reduce el estrés y la ansiedad.
Pero yo al tipo de dieta le añadiría la manera de cocinar, porque según cómo cocinemos los alimentos puede afectar a la microbiota. No es lo mismo un alimento cocido, que frito o al horno.
Y, además, no hay que olvidar que la dieta mediterránea es cultura, es un estilo de vida que se hace en comunidad y donde además se le añade un poco de ejercicio”.
A pesar de todas las ventajas que ofrece, paso a paso nos estamos alejando de la dieta mediterránea. Nuestro estilo de vida es el responsable. “Sin duda. Cada vez somos más urbanitas, vivimos más rápido, sufrimos estrés… Eso no favorece a tener una dieta mediterránea saludable.
A eso se le suma que la dieta mediterránea es más cara y crea diferencias sociales. Por tu código postal puedes comer de una manera u otra. Y ese es un problema social”.
Hay cantidad de estudios que relacionan dietas y microbiota. Quizá uno de los más clásicos es comparar la microbiota intestinal de una tribu africana de recolectores que llevaba miles de años alimentándose de la misma manera. No eran agricultores, ni siquiera cazadoress. Llevaban el mismo estilo de vida que podríamos tener nosotros hace 10.000 años. La ciencia comparó esa microbiota intestinal con urbanitas italianos actuales. La diferencia era abismal. Había mayor diversidad y riqueza microbiana en los de la tribu, lo que sugiere que nuestro estilo de vida no favorece a nuestra microbiota.
“De todas formas es difícil definir una microbiota sana, porque cada uno tenemos la nuestra. El microbioma, el conjunto de todos los microorganismos (bacterias, virus, hongos, etc.) y genes que habitan en nuestro cuerpo (piel, intestino, mucosas, etc.) tiene en cuenta quiénes somos (genes y metabolismos) y qué hacemos. Que se responda o no a un tratamiento puede depender del tipo de microbioma que tengamos. De ahí la medicina personalizada del futuro. El mundo científico está investigando todo esto”.
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