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¿Ventilas habitualmente tu casa? Quizás no sea suficiente para vivir en un entorno sano

Ventilar las habitaciones, abrir de par en par las ventanas de nuestros hogares al menos diez minutos al día son pequeños gestos con los que hasta ahora creíamos que higienizábamos el ambiente de nuestros hogares. Sin embargo, ese aire renovador que dejamos entrar será beneficioso o perjudicial en función de su procedencia, del lugar donde esté situado nuestro hogar y de las fuentes energéticas que utilicemos para calentarnos, iluminar y cocinar.
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La OMS (Organización Mundial de la Salud) advierte que el 90% de la población mundial respira aire contaminado y que al contrario de lo que se pueda pensar, es dentro de los edificios donde más expuestos estamos a la contaminación. Espacios interiores donde, por otro lado, pasamos la mayor parte de nuestro tiempo.

Según la Agencia de Protección Medioambiental de EEUU, el aire de nuestras casas, de nuestras oficinas, etc. puede estar entre 2 y 5 veces más contaminado que el que respiramos en la calle. Este dato que a priori puede resultar alarmante puede entenderse al conocer que unos 3.000 millones de personas siguen cocinando y calentando sus hogares con combustibles sólidos en fuegos abiertos o cocinas con fugas; y que más de 1.200 millones de personas, ante la falta de electricidad, utilizan lámparas que además de iluminar, están contaminando.

Estas circunstancias se dan sobre todo en países de ingresos bajos y medianos. Sin embargo en los hogares de países más desarrollados, las amenazas proceden de las pinturas y barnices, los ácaros, las sustancias tóxicas que emiten los productos de limpieza y los materiales sintéticos utilizados en la decoración, así como de los gases producidos por electrodomésticos o movilidad urbana. Todos ellos, según la OMS, provocan en entornos urbanos el Síndrome del edificio enfermo o, lo que es lo mismo, un conjunto de enfermedades respiratorias y cognitivas, originadas o estimuladas por la contaminación del aire en los espacios cerrados.

Según los datos que facilita la OMS, en viviendas mal ventiladas, sobre todo en países en vías de desarrollo, el humo puede producir concentraciones de partículas finas 100 veces superiores a las aceptables. En viviendas o espacios cercanos a vías con alta densidad de tráfico, el problema es el monóxido de nitrógeno o el dióxido de carbono. Estas pequeñas partículas y otros contaminantes del humo inflaman las vías respiratorias y los pulmones, dificultan la respuesta inmunitaria y reducen la capacidad de oxigenación de la sangre lo que puede desencadenar numerosas patologías.

En la actualidad una de cada cuatro muertes en el mundo está relacionada con la calidad del aire que respiramos. También algunos problemas respiratorios, alergias o cansancio físico y mental pueden tener su origen en el aire que respiramos.

Para asegurar que el aire de la vivienda y del entorno sea saludable la OMS aboga por la introducción y utilización de energías domésticas y combustibles limpios, además de por promover un nuevo tipo de urbanismo y construcciones que tengan más en cuenta sistemas de ventilación inteligentes.

Sin embargo, los malos humos pueden tener muy diversas procedencias por lo que se recomienda la utilización de pequeños sensores domésticos que ayuden a controlar la contaminación del aire interior de los espacios en los que nos movamos, trabajemos o vivamos.

Ventilar regularmente los espacios cerrados sigue siendo una herramienta válida para purificar el aire del interior, siempre que no vivamos en vías con una alta concentración de vehículos, empresas, etc… Pero existen otras medidas, tal y como reconoce el autor del libro “Hogares tóxicos”, Carlos de Prada, para reducir o eliminar posibles focos que vician el aire que respiramos. El autor propone limitar el uso de ambientadores y fomentar la utilización de purificadores de aire. Aunque a veces medidas tan sencillas como decorar los espacios interiores con plantas como cintas, potos o hiedras son suficientes para contribuir a la absorción de los malos humos.

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