El botánico japonés Akira Miyawaki estudió los llamados bosques potenciales, aquellos que crecerían de forma natural en un territorio si la actividad humana dejara de intervenir. A partir de esa idea desarrolló un sistema para recrear esas comunidades vegetales utilizando exclusivamente especies autóctonas. Son los bosques Miyawaki, una técnica de restauración ecológica que está cambiando la forma de introducir naturaleza en las ciudades.

3 árboles visibles desde cada vivienda, centro educativo o lugar de trabajo; 30 % de cobertura arbórea en cada barrio; 300 metros como distancia máxima hasta un espacio verde de calidad. Estas son las tres reglas que imperan en la guía 3-30-300 de Cecil Konijnendijk y que sirve de brújula para crear ciudades más saludables. Porque, al final, una ciudad no es mejor por tener edificios modernos o calles amplias, sino también por integrar la naturaleza en la vida cotidiana de quienes la habitan.

Una revista de barrio de Pamplona ha propuesto una iniciativa para que su vecindario recicle agua y se la dé a beber a los árboles urbanos. Pero el objetivo va mucho más allá. Según Roberto Carmona, uno de los precursores de la idea, “lo importante de esta iniciativa, es la concienciación medioambiental y la necesidad de ahorro de agua. Sin olvidar que también nos parece importante crear un vínculo entre la ciudadanía y los árboles, y mostrar sus beneficios para los seres humanos”.

Uno de cada tres árboles de las 60.000 especies arbóreas del mundo está en peligro de extinción. ¿Qué supone esto? Que se pueden perder 1.3 billones de euros en la economía mundial; que el 75% de las especies de aves, el 68% de las especies de mamíferos y hasta 10 millones de especies de invertebrados pierdan su hábitat; que desaparezca el almacén del 50% del carbono generado en el mundo. En definitiva, que vivir en la Tierra sea más complicado.