Por todos es sabido que en las depuradoras se limpian las aguas residuales. El “¡agua va!” medieval se ha sustituido por una red de cañerías que llegan a las plantas depuradoras donde se libra a las aguas de todas las impurezas antes de devolverlas al río.
Para lo que el común de los mortales es un deshecho, para , Catedrático de Microbiología y director del Museo de Ciencias de la Universidad de Navarra es motivo de estudio. “No sabemos todo lo que dicen nuestras heces acerca de nuestra salud”, afirma.
Pero para entenderlo, comienza por explicar qué es la microbiota. “Es un conjunto de microorganismos que vive en nuestro interior: en el intestino, en la boca, en la piel… Es lo que antes se conocía como la flora, pero como a los microbiólogos no nos gusta que le llamen flores a los microbios, el término más adecuado ahora es ese, microbiota.
La inmensa mayoría de esos microbios no son patógenos. Cumplen su función. Y menos del 1% nos pueden dar algunos problemas.
Desde hace más de cien años se sabe que hay algunos compuestos fermentados, como pueda ser el yogurt, que son probióticos, es decir, alimentos que contienen microorganismos vivos que ingeridos en una cantidad adecuada pueden ser beneficiosos para la salud ya que repueblan o favorecen la microbiota intestinal. Aunque todo depende de la microbiota de cada cual para determinar si en cada organismo tiene efectos saludables o no”.
Aunque las ideas iniciales acerca de la microbiota surgieron hace más de un siglo, no fue hasta 2007 cuando se dio una visión detallada de la diversidad microbiana y su relación con la salud y las enfermedades.
En 2013 se llevó a cabo el primer trasplante fecal para combatir la infección por Clostridium. Después, se siguieron haciendo estudios y en el año 2016 se descubrió que los ratones a los que se trasplantaba la microbiota intestinal de personas con depresión, desarrollaban esta depresión, y que a los que se trasplantaban microorganismos de personas obesas, engordaban.
Sin embargo, tanto la depresión como la obesidad no se curaban con trasplantes de personas sanas. Entonces se llegó a la conclusión de que esta clase de problemas son muy complejos. Son multifactoriales. Era necesaria mucha más investigación.
“Y seguimos en ello. Ya sabemos que uno de los efectos secundarios del trasplante de microbiota intestinal puede ser la obesidad u otras enfermedades metabólicas, como la diabetes. Esto ocurre porque los microbios intestinales influyen en el metabolismo, en cómo nuestro cuerpo procesa las grasas, los lípidos, etc”.
Los ensayos clínicos han proseguido y, en la actualidad, el trasplante fecal se prescribe para la enfermedad infecciosa provocada por el patógeno Clostridium y que puede ser muy grave. “Una persona con colitis por Clostridium puede ir al baño unas 40 veces al día, o sea, imagínate qué calidad de vida puede tener”. En algunas personas incluso puede llegar a ser mortal.
Cuando esta infección se hace recurrente y no responde a los antibióticos, se recurre a la bacteroterapia, “que siempre queda más elegante que decir trasplante de heces”. Con diez píldoras la eficacia es espectacular, porque las nuevas bacterias intestinales que se introducen favorecen la repoblación de microbiota intestinal y desplaza a ese Clostridium.
“Su eficacia está clínicamente probada, aunque no se hace en todos los hospitales porque se necesita una infraestructura potente: de análisis de muestras, preparación de píldoras, etc. Se está estudiando para otras infecciones y patologías, pero aún de manera experimental”.
Rosa del Campo, investigadora del Ramón y Cajal, es un referente en este campo y una de las pioneras en el tema. Cuando ella empezó, hace más de diez años, utilizó la microbiota de los familiares de las personas enfermas. La razón era simple: en el entorno familiar se comparten muchos microorganismos y la microbiota de personas familiares es más parecida que la de cualquier persona desconocida. El problema era que para analizar todo el entorno familiar llevaba mucho trabajo. Entonces detectó a unas personas concretas que estaban en situación óptima para ser donantes universales, por estar su microbiota intestinal enriquecida con partículas que le interesaban. Así fue creando su primer grupo de donantes.
“En algunos países hay bancos de muestras. También hay algunos preparados farmaceúticos que en realidad son píldoras repletas de bacterias intestinales. Se están desarrollando diferentes alternativas”.
Por ejemplo, dado que a las depuradoras llegan heces, ¿se podría crear un banco para aprovechar la microbiota que hay en ellas?
“No. En las aguas residuales, además de bacterias beneficiosas, encontramos también patógenos. Y discriminarlos es complicado.
Como te digo, existen bancos de heces donde se hacen las deposiciones que después se analizan para poder hacer el trasplante. Pero en ese caso se utilizan donantes concretos, porque no toda la caca vale. Los donantes están muy vigilados, y de hecho les hacen una analítica cada tres o seis meses. De estas personas se obtienen los microorganismos que se necesitan para hacer un trasplante. O sea que no es cuestión de coger cualquier cosa que se genera en la ciudad, sino de seleccionar lo que esté enriquecido con las bacterias que nos interesan dentro de las heces, que no son todas.
A lo que vamos es a un trasplante de microbiota sintético, en el que se seleccionan una serie de microorganismos concretos que se sabe que son beneficiosos y personalizar el tratamiento dependiendo de cómo sea la microbiota del enfermo».
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