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¿Nuestra salud depende de la biodiversidad que nos rodea?

Un estudio realizado en Finlandia observó que introducir suelo de bosque, césped y otros elementos naturales en los patios de varias escuelas infantiles modificó, en apenas 28 días, la microbiota de la piel y del intestino de niños y niñas de entre 3 y 5 años. Esto refuerza la idea de que nuestra salud también depende de la biodiversidad que nos rodea.

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Durante años, muchos patios escolares se han diseñado con una premisa aparentemente lógica: cuanto más lisos, pavimentados y fáciles de limpiar, mejor. El resultado son espacios dominados por el cemento, la grava, el caucho o el asfalto, donde la naturaleza queda reducida, en el mejor de los casos, a unos pocos árboles o jardineras.

Sin embargo, qué ocurre cuando devolvemos la vida a esos patios? ¿Qué pasa cuando los niños y las niñas pueden tocar la tierra, cuidar plantas, jugar sobre el césped o manipular hojas, musgo y pequeños fragmentos de madera?

La respuesta podría encontrarse en un mundo que no vemos, pero que nos acompaña continuamente: el de los microorganismos.

Un equipo científico finlandés transformó los patios de cuatro escuelas infantiles urbanas de las ciudades de Lahti y Tampere (Finlandia). Allí, parte de la grava fue sustituida por unos 100 metros cuadrados de suelo forestal y 200 metros cuadrados de césped. También se añadieron jardineras, bloques de turba y materiales naturales para trepar, excavar, plantar y jugar.

En el estudio participaron 75 menores de entre 3 y 5 años. Además de las cuatro escuelas transformadas, los investigadores analizaron tres centros urbanos convencionales, con patios poco verdes, y otros tres centros orientados a la naturaleza, cuyo alumnado visitaba habitualmente bosques cercanos.

La intervención duró 28 días. Durante ese tiempo, los niños y las niñas de los patios naturalizados estuvieron en contacto cotidiano con la vegetación y el suelo, tanto en actividades dirigidas como durante el juego libre. Antes y después del experimento, el equipo tomó muestras del suelo de los patios, de la piel y de las heces de los participantes. También analizó muestras de sangre para estudiar determinados indicadores relacionados con el funcionamiento del sistema inmunitario.

No se trataba simplemente de comprobar si los pequeños se divertían más en un entorno verde. La pregunta iba mucho más allá: ¿puede la biodiversidad ambiental modificar los microorganismos que viven en nuestro cuerpo y, a través de ellos, influir en nuestras defensas?

Después de los 28 días, el suelo de los patios transformados presentaba una comunidad bacteriana más diversa que el de los patios convencionales. Ese cambio también apareció sobre la piel del alumnado.

Los niños y las niñas de los centros naturalizados mostraron una mayor diversidad de determinados grupos de bacterias cutáneas, especialmente proteobacterias. De hecho, su microbiota comenzó a parecerse más a la de quienes asistían a las escuelas infantiles orientadas a la naturaleza y visitaban el bosque con frecuencia.

También se detectaron cambios en el intestino. Entre ellos, aumentó la diversidad de las bacterias de la familia Ruminococcaceae, que incluye especies capaces de producir butirato, una sustancia vinculada al mantenimiento de un entorno intestinal saludable.

Pero quizá el resultado más llamativo apareció al observar los indicadores inmunitarios.

En el grupo de intervención aumentó la relación entre la molécula vinculada a mecanismos reguladores (interleucina 10), y la relacionada con procesos inflamatorios (interleucina 17ª). Este cambio no se observó en los patios urbanos convencionales.

En conjunto, los resultados apuntaban a la activación de mecanismos capaces de moderar respuestas inflamatorias excesivas.

La comunidad científica señala que serán necesarios estudios más largos para saber cuánto duran los efectos y si terminan traduciéndose en beneficios clínicos.

Esto no significa que la tierra sea una medicina o que haya que abandonar las medidas básicas de higiene. Tampoco que toda exposición ambiental resulta beneficiosa. Los espacios infantiles deben estar diseñados con materiales seguros y alejados de contaminantes o microorganismos patógenos.

Pero sí que marca un camino a seguir: evitar que la infancia crezca en entornos biológicamente empobrecidos y facilitar un contacto cotidiano, seguro y diverso con la naturaleza.

Si quieres conocer más acerca de la microbiota:

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Fuente principal: Roslund et al., “Biodiversity intervention enhances immune regulation and health-associated commensal microbiota among daycare children”, publicado en Science Advances en 2020.

 

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