Durante años hemos imaginado a las abejas como pequeños puntos erráticos flotando entre flores. Movimiento caótico. Trayectorias difusas. Un ir y venir aparentemente desordenado entre la colmena y el alimento.
La realidad es mucho más compleja y sofisticada.
Un equipo de la Universidad de Freiburg ha demostrado que las abejas melíferas no vuelan al azar. Cada individuo traza su propia ruta y la repite con una precisión milimétrica, incluso en paisajes agrícolas complejos.
El estudio, publicado en Current Biology, obliga a revisar nuestra idea sobre la inteligencia espacial de los insectos y, de paso, sobre cómo diseñamos los territorios donde viven.
Para realizarlo, el neurobiólogo Andrew Straw y su equipo salieron del laboratorio y fueron al campo con un dron equipado con un sistema de seguimiento de alta precisión, denominado Fast Lock-On Tracking. A cada abeja se le colocó un pequeño marcador reflectante que permitía registrar su posición en milisegundos y reconstruir trayectorias tridimensionales en condiciones reales.
Las 255 rutas analizadas se registraron en el Kaiserstuhl, en Alemania: campos de maíz, setos, árboles aislados, obstáculos naturales. La fuente de alimento estaba a unos 120 metros de la colmena, sin línea visual directa.
El resultado reflejó que cada abeja desarrollaba un itinerario propio y lo mantenía con gran fidelidad tanto en la ida como en el regreso. En algunos tramos, la desviación respecto a vuelos anteriores era de apenas unos centímetros.
Por lo tanto, se demostraba que no existía improvisación en los vuelos, sino memoria espacial.
Sin embargo, también se observó que la precisión no era homogénea en todo el trayecto. Cerca de elementos destacados —un árbol solitario, una estructura visible— las desviaciones eran mínimas. En cambio, sobre el maizal, un espacio visualmente uniforme, la variabilidad aumentaba.
Esto reforzó una idea clave: las abejas no dependen únicamente del sol o del campo magnético. Utilizan también referencias visuales del entorno.
Y esto llevó a la reflexión de cómo debían de ser los campos de monocultivo extensivos. Y es que la simplificación del territorio no solo afecta a la biodiversidad vegetal o a la disponibilidad de recursos florales, sino también puede alterar los patrones de navegación y la eficiencia energética de los polinizadores.
La ecuación es sencilla a más tiempo de vuelo, más energía invertida, y por lo tanto, menos rendimiento en la polinización.
Por lo tanto, comprender cómo se orientan las abejas en paisajes reales tiene implicaciones directas para la gestión agroecológica y la planificación territorial.
Setos, lindes, franjas florales, árboles aislados, no solo sostienen biodiversidad, sino que ofrecen referencias visuales que estabilizan rutas de vuelo.
Y esto hay que tenerlo en cuenta a la hora de diseñar terrenos o restaurar ecosistemas agrícolas.
En definitiva, las abejas no solo polinizan. También enseñan.
Y en un mundo cada vez más simplificado, quizá la lección sea clara: la inteligencia necesita paisaje. Y el paisaje, diversidad.
Si quieres leer más sobre las abejas:
El algoritmo de las abejas artificiales
La apicultura urbana como bioindicadora de la ciudad
Jaume Clotet, el apicultor que amaba a sus abejas
Las abejas que evitan la despoblación
*Fuente:
Ecoinventos: https://ecoinventos.com/las-abejas-navegan-con-mayor-precision-de-lo-que-se-creia/?fbclid=IwdGRzaAQHmJ5jbGNrBAeYjWV4dG4DYWVtAjExAHNydGMGYXBwX2lkDDM1MDY4NTUzMTcyOAABHgmzlZrHnXHOM9tPTiq8OTmi8TKNeZyvMhoKbvLjvvDqJsW04eJp3lF9ctds_aem_ua7Uas1zGD9z1nQEN9FlTA&sfnsn=scwspwa












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