Hace 30 años, la Asamblea General de las Naciones Unidas declaró el 22 de marzo de cada año como Día Mundial del Agua. Desde entonces celebramos la efeméride como excusa para recapacitar sobre la importancia de este elemento natural.
Este año el foco se pondrá en el agua dulce y, más concretamente, en la existente en acuíferos. Bajo el lema ‘Agua subterránea – Haciendo visible lo invisible’ se pretende mostrar las graves consecuencias que podría traer para la población mundial que desapareciera este recurso.

En 2018 el riesgo de desprendimientos hizo necesario acometer obras para asegurar la ladera derecha que acota la boca del manantial de Arteta y la casa del guarda, Centro de Información de la Mancomunidad de la Comarca de Pamplona. Helicópteros, cuadrillas de obra y maquinaria irrumpieron en un paraje en el que rumor del agua suele ser el protagonista indiscutible. Era necesario si queríamos oir de nuevo su voz.

Hasta los años 80, sobre el acuífero de Arteta se situaban los pastizales de la Sierrra de Andía, que soportaban las más altas cargas ganaderas de la Comunidad Foral de Navarra, así como las superficies de cultivo de las poblaciones del Valle de Goñi. La Mancomunidad de la Comarca de Pamplona, velando por la garantía del agua que da de beber a más de la mitad de la población navarra, tuvo que establecer un perímetro de protección de 113 km2. Esta es la historia.

Las aguas del acuífero de Arteta, situado en las entrañas de la Sierra de Andía dan de beber a Pamplona desde 1895. Dificultades técnicas, trabas administrativas, tensiones políticas, etc. no consiguieron dar al traste a un proyecto que pretendía conducir las aguas a corporaciones, sociedades, industrias y particulares que a finales del siglo XIX aumentaban rápidamente en número.