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Plantar el techo para volver a mirar las plantas

El pasillo principal del colegio San Francisco de Pamplona se ha transformado en un jardín suspendido. Un “jardín colgante” compuesto por 1.400 hojas únicas que convierten el recorrido diario del alumnado en una invitación a mirar de otra manera y a combatir la ceguera verde. Porque, aunque convivimos constantemente con las plantas, muchas veces nos pasan desapercibidas. Virginia Santos Itoiz ha sido la autora del proyecto y LABEA – Laboratorio de arte, ciencia y naturaleza, el impulsor de la iniciativa.

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¿Qué pasaría si, en lugar de decorar las paredes de una escuela, decidiéramos llenar el techo de naturaleza? ¿Y si el arte sirviera no solo para embellecer un espacio, sino para cambiar la forma en la que lo habitamos y lo entendemos?

Eso es lo que ha ocurrido en el colegio San Francisco de Pamplona, donde el pasillo principal se ha transformado en un jardín suspendido. Un “jardín colgante” compuesto por 1.400 hojas únicas que convierten el recorrido diario del alumnado en una invitación a mirar de otra manera.

Virginia Santos Itoiz ha sido la autora del proyecto. “La sensación ha sido muy positiva. Yo pensaba que igual les podía parecer un proyecto demasiado ambicioso, pero al final han confiado en que podría ser posible y ha quedado muy bien. Yo personalmente estoy muy contenta”, explica la artista.

Virginia lleva años intentando combatir la ceguera vegetal. Su trayectoria incluye intervenciones en centros educativos y obras de gran formato que se construyen desde la participación colectiva. Su práctica combina creación artística, mediación y pedagogía, siempre con un enfoque accesible y centrado en la implicación de la comunidad. Además, su proyecto “La Ceguera Verde” fue reconocido con el premio CICUS de la Universidad de Sevilla y expuesto tanto en Sevilla como en Pamplona, en el marco del Festival Arbola 2025.

“Precisamente fue ese proyecto el que me acercó a LABEA – Laboratorio de arte, ciencia y naturaleza, impulsor de la iniciativa. Mi relación con el laboratorio surgió el año pasado cuando Isabel Ferreira contactó conmigo a raíz de la exposición que estaba preparando en el Polvorín de la Ciudadela de Pamplona y fue ella la que decidió incluirla en el programa de actividades del Festival Arbola 2025. Ese fue el germen de la intervención en las escuelas de San Francisco «Sabaia landatu – plantar el techo».

Esta intervención arrancó cuando el alumnado del colegio dibujó el contorno de varias hojas a partir de la observación de las plantas del pasillo de la escuela. Después los dibujos se digitalizaron, se transformaron en piezas de madera recortadas y volvieron a las manos de sus autores y autoras para ser pintadas.

A partir de ahí, el proceso creció. Alumnado, profesorado, familias y personal no docente se implicaron en una creación colectiva que culminó con la instalación de todas esas piezas en el techo del pasillo. El resultado no es solo una intervención estética, sino un espacio envolvente que conecta arte, naturaleza y comunidad.

La colaboración de toda la comunidad de la escuela de San Francisco (han participado cerca de 500 personas) ha sido clave en la ejecución del proyecto. “El feedback que he recibido ha sido muy positivo por parte de todo el mundo. El alumnado ha disfrutado mucho con los talleres y todo el centro se ha implicado en el proyecto. Ha sido muy bonito poder hacer partícipe a toda la comunidad”.

El objetivo de la iniciativa ha ido más allá de lo artístico, ya que ha buscado hacer frente a la dificultad que tenemos de percibir y valorar las plantas que nos rodean en el día a día. Porque, aunque convivimos constantemente con ellas, muchas veces pasan desapercibidas. “En esta ocasión hemos integrado la naturaleza en la vida cotidiana del colegio y hemos utilizado el arte como herramienta pedagógica”.

El proceso colectivo, por lo tanto, ha tratado de generar una relación consciente con el entorno. “Yo me quedo satisfecha. De hecho, esta es mi primera colaboración con Labea, pero espero que haya abierto la puerta a futuras colaboraciones”.

Iniciativas como esta obligan a peques y mayores a observar y a reconocer el valor del mundo vegetal como parte esencial de nuestro entorno. Y dejan claro que el aprendizaje no siempre parte de los libros. A veces empieza levantando la vista.

En este caso, basta con plantar un techo y después atravesar un pasillo mirando hacia arriba.

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